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Libre

La semilla es un patrimonio de la humanidad

La semilla es un patrimonio de la humanidad, y su libre circulación es la base de la forma en que nos alimentamos y convivimos con el planeta. La variedad de alimentos es la base de la alimentación humana tal como la conocemos.

Estas variedades han pasado la prueba: los pueblos las guardaron y cultivaron durante generaciones porque eran especiales, productivas, deliciosas, medicinales o adaptables a su tierra. Ese conocimiento no salió de un laboratorio — salió de miles de años de observación, selección y cuidado campesino e indígena.

Cuando las empresas de semillas crecieron y se hicieron poderosas, integrando verticalmente semillas, herbicidas y control de plagas en un mismo negocio, empezaron a presionar a los Estados para proteger ese negocio — a costa de consecuencias tremendas para quienes cultivamos, guardamos y comercializamos este patrimonio de la humanidad.

Basta recordar la tristemente célebre "Ley Monsanto": aprobada en general por el Senado chileno en 2011, buscaba adherir a Chile al Convenio UPOV 91, que privatiza y protege la propiedad intelectual sobre nuevas variedades vegetales. Le tomó a la ciudadanía chilena — campesinos, pueblos indígenas, guardadoras de semillas y organizaciones ambientales movilizadas durante años — hasta marzo de 2014 conseguir que el propio Estado retirara el proyecto. Fue un triunfo ciudadano, pero no un cierre definitivo: la amenaza volvió a asomar después, de la mano de otros acuerdos comerciales, porque los intereses que la empujaban nunca dejaron de existir.

Hoy, nuevamente, la semilla libre está amenazada por quienes no les interesa la agricultura sino el dinero que pueden hacer con ella. Bajo el argumento de "orden" y "modernización", se intenta proteger el negocio de las grandes corporaciones y su inversión en variedades resistentes a plagas y herbicidas.

Estas semillas modernas son una solución para la agricultura industrial, pero no tienen nada que beneficie a quien come esos alimentos. Son semillas pensadas como solución y optimización económica — no como alimento, no como cultura, no como vínculo con la tierra.

Y para proteger ese interés, están dispuestos a interferir con una tradición histórica a la que le debemos todo lo que existe hoy. Es difícil de creer que esto esté pasando otra vez.

Por eso hoy, con la consulta pública del SAG abierta hasta el 10 de agosto de 2026 sobre los requisitos para comercializar semillas, no podemos quedarnos en silencio. La historia ya nos mostró que el silencio se paga caro, y que la organización y la voz ciudadana sí pueden torcerle la mano a estos intentos. Infórmate, revisa la propuesta, y participa — la semilla libre se defiende, una vez más, entre todos.